
El juego y las apuestas se ligaron mutuamente merced a esa tradición que se había gestado marginalmente y que luego vio concretada una potencial unidad en las ferias de pueblos y villas. Luego, con lo irrupción del casino, se manifestó una concreción de esa unidad que había estado latente, y que se concretaba eventualmente cuando había ocasión.
En ese sentido, vemos que entre las cualidades que podemos encontrar en ese período de unidad latente y fluctuante que juegos de azar y apuestas evidenciaban, ya se denunciaba una visible heterogeneidad del público que podía acceder a ellos. No había, a priori, un denominador común en cuanto a clase social y a recursos económicos que debiera mencionarse como un registro unívoco y unidireccional. Por el contrario, el espacio en el que el juego de azar y las apuestas irrumpían era uno de erosión de las diferencias.
Otros eran, por el contrario, los valores que aquí comenzaron a asumirse como positivos: fundamentalmente la habilidad. Aquellos feriantes que mostraban algún talento, inmediatamente cobraban un impulso tal que les permitía elevarse socialmente y ser reclamados desde las cortes.
En materia de apuestas, algo parecido comenzó a suceder con la gestación de los espacios de juegos que fueron los casinos. Quien tuviera la habilidad suficiente, podría promoverse a sí mismo socialmente merced a los ingresos que obtuviera a través de sus apuestas.
Aún nos queda ver cómo fue esa evolución que el casino significó, y cómo llegó a consolidarse y a transmutarse, finalmente, en los casinos en línea, y demás sitios de apuestas online.
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